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Los rusos en América

Desde inicios del siglo XIX, y a lo largo de la época de la Rusia bajo el régimen zarista, un grupo de campesinos alemanes emigraron a la zona del Río Volga, situada en ese país ya que, bajo la promesa de aquél gobierno, se encontrarían con buenas tierras para el cultivo y sería el lugar en donde también comenzarían a sembrar los inicios de su prosperidad. En algunos casos, que fueron los menos, realmente obtuvieron progreso y en otros, el resultado fue el incremento de la pobreza. Lo que también coadyuvaba a los resultados negativos era que todo el régimen estaba controlado por el gobierno ruso, lo cual no beneficiaba, en parte, a estos colonos, debido a que vivían con temor y desconfianza por la obligatoriedad que se les imponía por tener que cumplir con el servicio militar, ya que Rusia estaba en guerra con Turquía. Por lo tanto, en la mayoría de los casos lo que instó a emigrar a los ruso-alemanes, no fue la situación económica, sino la política.

Los primeros inmigrantes ruso-alemanes llegaron a Argentina entre 1877 y 1878. En aquél entonces, este país incentivaba y esperaba con ansias la llegada de las diferentes oleadas de extranjeros, acorde con el Artículo 25 de la Constitución Nacional de 1853, en la que se invitaba a “poblar el territorio argentino”. Mientras tanto, cuando el gobierno alemán se percató de que se estaba dando una emigración masiva, procedió a cerrar sus fronteras. A partir de ese momento, salir de la región se había tornado toda una aventura.

En la primera oleada, viajaron en barco durante 40 días hasta América. En principio, la idea era arribar a Brasil, pero en ese país estaban asolados por la fiebre amarilla, por lo que debían hacer cuarentena en el puerto de Buenos Aires. Así, muchos decidieron quedarse en suelo argentino, pese a que no disponían de ninguna persona de contacto ni nadie que los asesorara a corto plazo. Hasta que fue en el puerto mismo donde conocieron a un alemán de la zona del Volga, que ya estaba en el país, y quien les recomendó que se dirigieran a la zona de Entre Ríos, en las cercanías del puerto de Diamante, por ser ésta una zona climáticamente muy parecida a la de Rusia. Otra alternativa era que se dirigiesen a la localidad de Olavarría, en la misma provincia de Buenos Aires.

Particularmente en Entre Ríos, estos nuevos habitantes conformaron simultáneamente tres aldeas: San Antonio, San Juan y Santa Celia. En ellas hasta hoy continúan asentados los descendientes de familias apellidadas como Baile, Huck y Spomer ,entre otras. En Buenos Aires, nos encontramos con las familias Kässeman, Kaiser, Reír¡, Schlegel, Huck, Neivirt, Kinder y Rutz. Éstas han arribado hace pocas décadas desde la Aldea San Antonio. Generalmente los apellidos de las familias representaban a los lugares de origen; la familia Huck, por ejemplo, se denominó como tal en alusión a un pueblo del mismo nombre, ubicado en la zona de Saratow, en su Rusia natal.

A partir de la década de 1890, y ya motivados más por cuestiones económicas, empezaron a ingresar al país personas judías provenientes del occidente de Rusia. Según los registros, el primer lugar de su asentamiento fue Moisés Villa, en la provincia de Santa Fe. Hacia 1914 el número de judíos rusos en Argentina, había ascendido a unos 100 mil. Sus principales actividades económicas eran la agricultura, ganadería, talleres, pequeñas fábricas y hasta abrieron sus propios locales. En otro aspecto, con esta segunda oleada se incrementaba el aporte religioso, diversificándose entre católicos, protestantes y judíos.

Una de las colonias judías rusas más antiguas cuya existencia está estimada en más de cien años, se encuentra en General Roca, en la provincia de Río Negro. Sus habitantes de origen ruso fueron quienes fundaron la primera escuela de esta localidad.

Si bien en los primeros censos argentinos, de los años 1869 y 1895 respectivamente, estos nuevos habitantes tenían su presencia, no fue hasta el censo nacional de 1914 que se observó un significativo número de rusos judíos, en un total de 93.701, constituyendo para ese entonces el 1.18% del total de la población.

Como una tercera instancia, a fines de siglo, se inició en el Litoral, y luego extendiéndose hasta Santiago del Estero, la colonización judía iniciada por el barón Hirsch, miembro de la Jewish Colonization Association, una sociedad anónima fundada en 1891, en base a una gran inversión monetaria. Según los registros, la intención de aquélla inversión de notable envergadura era establecer un firme núcleo judío en búsqueda de transformación de la zona en un Estado de Israel; aunque tal proyecto fue abandonado en 1897, por haber sido rechazado en el Primer Congreso Sionista celebrado ese año en Basilea. Prontamente, llegaron muchísimos otros judíos rusos, así como nuevos grupos de cristianos anabaptistas (menonitas), quienes habían emigrado de Rusia por causa de la xenofobia y el rigor religioso del gobierno alejandrino; sumándose ambos a los ya instalados “rusos alemanes”.

Actualmente, en Argentina se encuentra concentrada la cantidad de descendientes de rusos más grande de toda América del Sur, en un número que va desde los 100 mil hasta las 300 mil personas, en su mayoría distribuidas entre las provincias de Misiones, Entre Ríos, Santa Fé, Santiago del Estero, Río Negro, La Pampa y Buenos Aires.

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